jueves, 27 de octubre de 2011

PAPILLAS - UNA HISTORIA INUSITADA


Esta historia ocurrió en Barcelona en diciembre de 1945, en plena época de las cartillas de racionamiento, después de la guerra civil española.
La familia Font-Rubió, integrada por los padres, Luis y Tomasa y por sus hijos, Ramonet, Rosa y Salvador estaban sentados alrededor de la mesa, comiendo.
La comida que había sobre la mesa era más bien tirando a poca: dos pedazos de pan negro, una sopa con unos pocos garbanzos y algunos pocos trozos de carne hervida que habían servido para dar un poco de gusto a la sopa. Para beber, agua del grifo.
Eran años de privaciones y de hambre, de cortes del suministro eléctrico y de restricciones de todo tipo.

Luis trabajaba en una fábrica de tejidos y la Tomasa, su mujer, cosía camisas en casa. Camisas y más camisas. De tanto coser a máquina, le dolía siempre la espada.

Los hijos, que tenían entre quince y diez años, estaban en pena época de crecimiento y tenían siempre hambre como es natural en estas edades.

Luis y Tomasa, hacían lo que podían pero en la casa siempre había hambre.

Faltaban muy pocos días para Navidad y aún no habían podido comprar ninguna cosa extra para la comida navideña.
Después de comer, quitaron la mesa y los hijos marcharon a la escuela y el marido a su trabajo.

La Tomasa se quedó sola en casa y después de fregar los platos, se sentó delante de la máquina de coser dispuesta a confeccionar todas las camisas que pudiese para ganarse un sobresueldo.

Como todos ellos tenían hambre, muy a menudo las conversaciones en casa, giraban alrededor de la comida.

Llamaron a la puerta y la Tomasa se levantó a abrirla.
Era el cartero que traía un paquete certificado.

Firmó el impreso y se quedó el paquete.

Cuando se quedó sola, miró la dirección y vio que el paquete procedía de Buenos Aires (Argentina).

La Tomasa se puso contenta. En Buenos Aires, vivía la tia Ernestina, que marchó de España a principios del siglo XX, acompañada por dos hermanos.

Se habían afincado allí y habían prosperado.

Pasados los años, los hermanos habían fallecido, pero aún estaba viva la tía Ernestina.

La tía les escribía a menudo y dos o tres veces al año les enviaba paquetes: café, medias, piezas de tela para vestidos con unos estampados muy coloridos y en algunas ocasiones les enviaba comida en conserva.

La Tomasa no abrió el paquete porque pensó que al resto de la familia les haría ilusión abrirlo.

Había tan pocas diversiones que cualquier cosa intrascendente en otros momentos, en aquellos tenía el valor de matar la monotonía.

En el transcurso de la tarde fueron llegando todos. Primero, los hijos y después, bastante más tarde, su marido.

Cuando ja estaban todos les habló del paquete y decidieron abrirlo. No había ninguna carta, sólo un jarro de metal con una tapa también de metal.

Sacaron la tapa y abrieron el jarro.

En el interior de éste sólo había un polvo, de color entre amarillo sucio y gris.

Desconcertados, no sabían qué pensar.

La niña dijo: “parecen papillas”

“Sí , deben serlo” - dijo el padre - “Tomasa, las puedes hacer para cenar.”

La mujer asintió con la cabeza y se fue hacia a cocina para prepararlas.

Sentados a a mesa otra vez, cenaron las papillas que les parecieron muy insípidas. Les añadieron algo de sal.

Se fueron a la cama y al día siguiente, vuelta a empezar: los niños a a escuela, la fábrica de tejidos para el padre y la Tomasa se quedó en el piso limpiando y poniendo orden en la casa.

 A las doce volvió a pasar el cartero que dejó un sobre que también procedía de Buenos Aires.

La Tomasa lo dejó sobre el aparador del comedor para que su marido lo abriese cuando llegase para comer y entonces les leería a todos la carta de la tía Ernestina ya que suponía que sería de ella.

Asi fue. Sentados alrededor de la mesa, con la comida ya sobre el mantel, Luis abrió el sobre y leyó en voz alta:

“Soy Mercedes de los Llanos Aizporiz, vecina y amiga de su señora tía Ernestina.

Su tía falleció a principios de este mes de un catarro y siguiendo sus últimos deseos, les he enviado por un paquete certificado, una urna con sus cenizas, para que Vds. la entierren en la Madre Patria.

Mis condolencias.

Un abrazo”

A la familia Font-Rubió, por primera vez en muchos años, se les había ido el apetito.
FIN



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