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jueves, 27 de octubre de 2011

MENTHOL

Jorge y Rosa se conocieron en la oficina en la ella trabajaba.

En aquellos días, Rosa era la secretaria de un importante industrial y él era amigo de su jefe. Jorge pasaba a menudo por la oficina y se entrevistaba con el director.

Desde el primer momento, la joven se percató de que el hombre la miraba con mucha atención pero no hizo mucho caso pues estaba acostumbrada a ello.

En aquellos días, Rosa tenía 25 años, era alta y tenía muy buena figura, con unas piernas muy largas y todas las curvas que hay que tener para llamar la atención. Sus cabellos rubios en una larga melena que se balanceaba de un lado a otro cuando, con esa intención, movía la cabeza de determinada manera.

Nunca se hubiese fijado en él porque Jorge no era su tipo. A ella le gustaban los hombres altos, rubios, con ojos claros y un poco, como diría yo, audaces en el trato con las mujeres.

Jorge en cambio era de estatura normal, un poco calvo, con ojos claros, eso sí, pero llevaba unas gafas que impedían que su mirada llamase la atención. Siempre correctamente vestido, con trajes muy elegantes, pero era de carácter más bien, reservado y algo tímido.

Tenía por aquel entonces cincuenta años y aunque se había casado dos veces, por desgracia había enviudado en las dos ocasiones.

No tenía hijos y se ocupaba de él y de la casa una señora ya bastante mayor que había servido siempre en la casa.

Muy culto, amaba la ópera, y la música clásica. Formaba parte de las juntas directivas de varias entidades sociales y culturales.

De buena posición, su casa era cómoda y espaciosa, en medio de un bonito jardín, en un barrio residencial de mucho prestigio.

Todas esas cosas, no las supo ella al principio de su relación sino que se las fue contando más adelante.

Un día, en la oficina, cuando hacía ya por lo menos un año de la primera vez que se habían visto, a la hora de la comida del mediodía, Rosa no había salido a almorzar porque esperaba la llamada de su noviete.

Ëste, la llamó, pero se enfadaron y decidieron dejar de verse.

Enfadada, colgó con un fuerte golpe el auricular del teléfono y creyéndose sola, comenzó a llorar desconsoladamente, poniendo sus brazos encima de la mesa de despacho y con la cabeza entre los brazos.

Cuando levantó la cabeza, Jorge estaba delante de ella, con una mirada de alarma.

Se quedó helada pero él, sentándose en una silla que había delante de su mesa de trabajo, intentó consolarla muy educadamente.

Cuando más le pedía que se calmase, Rosa más arreciaba en su llanto, hasta que finalmente, se tranquilizó.

En el momento en que la vio más tranquila le preguntó con mucha delicadeza por el motivo de su llanto.

Se lo explicó y pareció aliviado. Pasados ya unos días le dijo que en aquel momento, al verla llorar de aquella manera, temió que se hubiese accidentado o muerto alguien de su familia.

Rosa le preguntó qué hacía allí y le dijo que su jefe le había encargado un tema y que estaba haciendo algunas llamadas sobre el encargo.

En resumen, Jorge le preguntó si ya había almorzado y al decirle que no, La invitó a comer con él.

Al principio ella no quería pero insistió en que debía salir y tomar un poco el aire y distraerse.

Visto así, el hombre tenía razón y saliendo de la oficina, comieron juntos en un restaurante cerca del lugar en el que Rosa trabajaba.

Durante la comida ella empezó a darse cuenta de que a pesar de no ser guapo, tenía un cierto atractivo.

A partir de ese día, comenzó a pasarse por la oficina en muchas más ocasiones. Casí siempre a la última hora de la mañana, para poder invitarla a comer.

El jefe de Rosa, se daba cuenta de que su amigo estaba enamorándose de su joven secretaría y no podía evitar bromear con él sobre el tema, propiciando las ocasiones de que estuvieran juntos.

La verdad es que debido a la diferencia de edad entre los dos y que al que ella fuese vistosa y él algo tímido, muchas personas se imaginaban que eran la típica pareja formada por un hombre ya mayor, adinerado y una muchacha bastante más joven, que estaba con él por su posición.

No era así. Jorge se había enamorado de Rosa, pero ella también se había acostumbrado a él y se sentía feliz a su lado.

Finalmente se le declaró y ella le aceptó.

Sin embargo, no todo era de color rosa. Hablando con él, Rosa descubrió que había sido compañero de estudios nada menos que de su padre.

Efectivamente, el padre de Rosa tenía la misma edad que Jorge y desde luego, nunca hubiera entendido que su hija saliese precisamente con éste.

Por éso, ella no dijo nada a su familia sobre esta relación. Sabían que salía con alguien pero nunca les explicó quien era. Pensaba hacerlo más adelante.

Fue pasando el tiempo y cada día se sentían más felices. Rosa fue su acompañante en diversos actos de las organizaciones de las que formaba parte y él se sentía orgulloso de ver las miradas de envidia que en ocasiones le lanzaban algunos conocidos suyos.

Estaba loco por ella e ilusionado como un adolescente.

A pesar de todo, aún no habían mantenido relaciones sexuales. Tonteaban, éso sí, pero no todavía no se habían acostado juntos.

Los dos tenían ganas de hacerlo y decidieron aprovechar un fin de semana en que él tenía que asistir a unas conferencias internacionales de economía que tendrían lugar en un conocido y famoso hotel de la Costa Brava catalana para pasar juntos esos tres días.

Todo perfecto. El hotel, lujoso y muy cómodo, los paisajes, muy hermosos y, ellos dos, enamoradísimos, con la ilusión de su primera “noche de amor”.

Pero las cosas no salieron como deseaban. El viernes, después de cenar, estuvieron tomando unas copas y paseando por la playa cogidos por a cintura. Luego se fueron a su habitación.

Empezaron a besarse. A Rosa nadie la había besado como Jorge, con sus besos, conseguía ponerla a cien en menos de un minuto. Mientras se desnudaban rápidamente, con urgencia, se dejaron caer abrazados sobre la gran cama de matrimonio que presidía la habitación.

Jorge comenzó a besarla y a lamerle los senos, mientras ella le acariciaba la cabeza y luego su boca fue bajando por el estómago y el vientre, hasta su pubis, excitándola para ponerla a punto para la penetración.

Allí, jugueteó con su vello púbico y luego continuó frotando con su lengua en el clítoris, hasta que consiguió que le suplicase que la tomara de una vez.

Pues no. No pudo ser. De tanta ilusión que le hacía, en el mismo momento en que iba a penetrar en su vagina, no pudo evitar eyacular antes de poder entrar dentro de ella.

Su desesperación fue mayúscula. Con rabia e impotencia dio dos fuertes golpes en la cama y avergonzado, casi se puso a llorar.

Rosa intentó tranquilizarlo diciéndole que no tenía importancia, que en otro momento, sin duda podría hacerle el amor, que ya lo volverían a intentar al cabo de un rato.

Al final él se tranquilizó y le pidió disculpas por no haber podido “cumplir”. Le dijo que era la primera vez que le ocurría y que suponía que era debido al exceso de ilusión que sentía por ella porque había accedido a ser su amante.

Aceptó sus disculpas y pasado un rato se durmieron abrazados.

Sobre las seis de la mañana Jorge se despertó acariciándola y besándola. Lo intentó otra vez. Ella le dijo que no era necesario que antes del coito intentara excitarla tanto, que ella tenía la suerte que sólo con sus besos se sentía ya a punto.

Fue en vano. Volvió a ocurrir lo mismo.

Destrozado, se levantó y se fue a dar un paseo por la playa.

Rosa se quedó en la cama reflexionando sobre el tema y pensando que si cada vez que intentase hacer el amor con ella le ocurría lo mismo, al final, no volvería a intentarlo. Y éso podía dar al traste con su relación.

Jorge volvió de la playa, tomaron el desayuno y luego, él marchó a las conferencias que habían propiciado su viaje.

La joven telefoneó a Adela, una amiga que tenía más experiencia que ella ya que estaba casada y le explicó lo que les pasaba.

Adela le dijo que fuese muy cariñosa con él y que fuese ella la que tomara la iniciativa en cuanto a las caricias. Le explicó cómo hacer para que a él se le levantara el pene y se le endureciera. Y que si éso fallaba, que el menthol era afrodisíaco.

Rosa decidió buscar una farmacia y comprar un frasco de colutorio con sabor a menthol.

Aquella noche, fui ella la que empezó a acariciarlo.

Como había hecho él la noche anterior, de su boca pasó a besarle en el cuello, detrás de las orejas. Se estremeció y ella continuó besándole y acariciando su pecho, mordiéndole delicadamente los pezones de sus tetillas y lamiéndole, bajando por el vientre hasta su pene. Lo tomó n sus manos y lo fue acariciando siguiendo las instrucciones de Adela. Se lo besó incluso y en efecto, se fue endureciendo y empinando. Jorge estaba encantado con sus caricias y cuando a ella le pareció que estaba a punto, intentó introducir su pene en la vagina de ella.

No dio tiempo. Volvió a pasar lo mismo.

!Qué frustración! En esta ocasión ella también se sintió mal porqué le dio por pensar que no sabía ser lo suficiente sensual ni diestra en sus caricias para excitarle.

!Jorge estaba desesperado! !Un bombón como aquel y no había forma de poder comérselo!

Rosa le dejó descansar un rato y luego le dijo que le habían comentado que el menthol era afrodisíaco y que tenia un frasco de colutorio con gusto a menthol en el lavabo, que si quería, podían intentarlo.

Al principio él no estaba muy convencido pero finalmente accedió a que le masajeara el pene con el liquido del frasco.

Rosa no supo bien lo que pasó pero, de repente, Jorge se levantó corriendo de la cama y se metió en el cuarto de baño. Entró detrás e él y lo encontró metiendo su pene en el lavabo que había llenado de agua fría.

Al pobre hombre, con el masaje con el menthol, le había dejado el pene hecho unos zorros.

FIN

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PAPILLAS - UNA HISTORIA INUSITADA


Esta historia ocurrió en Barcelona en diciembre de 1945, en plena época de las cartillas de racionamiento, después de la guerra civil española.
La familia Font-Rubió, integrada por los padres, Luis y Tomasa y por sus hijos, Ramonet, Rosa y Salvador estaban sentados alrededor de la mesa, comiendo.
La comida que había sobre la mesa era más bien tirando a poca: dos pedazos de pan negro, una sopa con unos pocos garbanzos y algunos pocos trozos de carne hervida que habían servido para dar un poco de gusto a la sopa. Para beber, agua del grifo.
Eran años de privaciones y de hambre, de cortes del suministro eléctrico y de restricciones de todo tipo.

Luis trabajaba en una fábrica de tejidos y la Tomasa, su mujer, cosía camisas en casa. Camisas y más camisas. De tanto coser a máquina, le dolía siempre la espada.

Los hijos, que tenían entre quince y diez años, estaban en pena época de crecimiento y tenían siempre hambre como es natural en estas edades.

Luis y Tomasa, hacían lo que podían pero en la casa siempre había hambre.

Faltaban muy pocos días para Navidad y aún no habían podido comprar ninguna cosa extra para la comida navideña.
Después de comer, quitaron la mesa y los hijos marcharon a la escuela y el marido a su trabajo.

La Tomasa se quedó sola en casa y después de fregar los platos, se sentó delante de la máquina de coser dispuesta a confeccionar todas las camisas que pudiese para ganarse un sobresueldo.

Como todos ellos tenían hambre, muy a menudo las conversaciones en casa, giraban alrededor de la comida.

Llamaron a la puerta y la Tomasa se levantó a abrirla.
Era el cartero que traía un paquete certificado.

Firmó el impreso y se quedó el paquete.

Cuando se quedó sola, miró la dirección y vio que el paquete procedía de Buenos Aires (Argentina).

La Tomasa se puso contenta. En Buenos Aires, vivía la tia Ernestina, que marchó de España a principios del siglo XX, acompañada por dos hermanos.

Se habían afincado allí y habían prosperado.

Pasados los años, los hermanos habían fallecido, pero aún estaba viva la tía Ernestina.

La tía les escribía a menudo y dos o tres veces al año les enviaba paquetes: café, medias, piezas de tela para vestidos con unos estampados muy coloridos y en algunas ocasiones les enviaba comida en conserva.

La Tomasa no abrió el paquete porque pensó que al resto de la familia les haría ilusión abrirlo.

Había tan pocas diversiones que cualquier cosa intrascendente en otros momentos, en aquellos tenía el valor de matar la monotonía.

En el transcurso de la tarde fueron llegando todos. Primero, los hijos y después, bastante más tarde, su marido.

Cuando ja estaban todos les habló del paquete y decidieron abrirlo. No había ninguna carta, sólo un jarro de metal con una tapa también de metal.

Sacaron la tapa y abrieron el jarro.

En el interior de éste sólo había un polvo, de color entre amarillo sucio y gris.

Desconcertados, no sabían qué pensar.

La niña dijo: “parecen papillas”

“Sí , deben serlo” - dijo el padre - “Tomasa, las puedes hacer para cenar.”

La mujer asintió con la cabeza y se fue hacia a cocina para prepararlas.

Sentados a a mesa otra vez, cenaron las papillas que les parecieron muy insípidas. Les añadieron algo de sal.

Se fueron a la cama y al día siguiente, vuelta a empezar: los niños a a escuela, la fábrica de tejidos para el padre y la Tomasa se quedó en el piso limpiando y poniendo orden en la casa.

 A las doce volvió a pasar el cartero que dejó un sobre que también procedía de Buenos Aires.

La Tomasa lo dejó sobre el aparador del comedor para que su marido lo abriese cuando llegase para comer y entonces les leería a todos la carta de la tía Ernestina ya que suponía que sería de ella.

Asi fue. Sentados alrededor de la mesa, con la comida ya sobre el mantel, Luis abrió el sobre y leyó en voz alta:

“Soy Mercedes de los Llanos Aizporiz, vecina y amiga de su señora tía Ernestina.

Su tía falleció a principios de este mes de un catarro y siguiendo sus últimos deseos, les he enviado por un paquete certificado, una urna con sus cenizas, para que Vds. la entierren en la Madre Patria.

Mis condolencias.

Un abrazo”

A la familia Font-Rubió, por primera vez en muchos años, se les había ido el apetito.
FIN



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domingo, 8 de mayo de 2011

UN EMPRESARI MODEL


Hi hagué un país en el qual, l'economia es va enfonçar, com a molts d'altres, dins un marc global de crísi econòmica.

En aquest país, amb l'economia enfonçada, els empresaris, que teníen una part important de culpa de que l'economia hagués fet molta més figa que les economies dels països del seu voltant, perquè amb aquella gran visió, que distingueix als executius brillants de la resta del obrers tanoques, no vàren invertir els guanys obtinguts amb molts anys de guanyar millonades, en renovar la maquinaria, sinò que els van aplicar a repartiments de beneficis.

Es van dedicar majoritariamente a guanyar diners i més diners, en sectors com la construcció (dita popularment "ladrillo") i en negocis com el turisme, sense pensar en diversificar en temes que potser no haguéssin donat tant diners rápidament, però que a la fi potser hagéssin estat claus per a què no se'n anés tot a norris.

També en aquell país, la banca, en aquell moment de crísi, va tancar l'aixeta i va deixar de donar préstecs amb la qual cosa, i també, amb una gran visió de futur, va acabar de ajudar a que tot fes fallida. No es que no tinguéssin beneficis i només pèrdues, el què no volien era deixar d'obtindre els guanys astronòmics que fins aquells moments, havíen aconseguit.

Aquest país tenia una llarga tradició en empresaris que es quedàven amb els diners que retenien de les nòmines dels seus treballadors i que s'havien de lliurar després a la Seguretat Social i a la Hisenda Pública.

Els diners retinguts desaparexien i després, als governs del país, amb els diners obtinguts amb els impostos de tots, els tocava tornat a reposar aquells diners que s'havien evaporat.

Era una pràctica comú i acceptada com a normal pels empresaris.

Teníen tanta imaginació que deien que per a que ells invertissin en crear empreses, calia flexibilitzar el mercat de treball.

Com sempre, la culpa de tot la tenien els treballadors amb uns sous desorbitats i amb condicions laborals inmillorables.

Cal explicar, que un 80% dels treballadors del país eren "mileuristes", i molts, ni això.

Els empresaris van voler abaratir l'acomiadament dels treballadors, que la majoria de contractes fossin els anomenats "contractes basura", que es perdéssin els avantages aconseguits pels treballadors en més de cent anys de lluita sindical, és a dir, directament, desitjaven, que tornés l'esclavitud, la qual cosa no era gens estranya, ja que els avantpassats d'alguns d'ells, havíen aconseguit les seves fortunes amb aquest honest negoci i coneixien els avantages d'aquest sistema.
 
"Ep, tots ells gent honorable, de grans conviccions morals, guardadors dels valors tradicionals de l'honor de la Patria"

Per aconseguir el retrocés dels beneficis que els treballadors havien aconseguit, es van crear unes comissions dites "negociadores" per a què els esmentats canvis, estiguéssin amparats per lleis i que els treballadors es deixen donar per allí, i a sobre, posar-s'hi bé.
 
En aquest país, els empresaris havíen format un club, selecte, clar que si, faltaria més i com a cap del club, van votar a un d'ells, home que havia demostrat la seva vàlua en diferents empreses.

Dins dels seus èxits com a gestor d'empreses importants, cal remarcar el haver deixat sense vacances a un grup nombrós de gent de la tercera edat, que ja havien avançat els diners, estafat a milers de clients que ja havien pagat pels productes que l'homenet venía i que es van quedar sense poder rebre el producte.

També, dins des seus èxits, el haver-se quedat els diners de les quotes de seguretat social i de les retencions dels impostos dels seus treballadors, fet que com ja s'havia comentat, era una acció molt practicada pels empresaris del país.

Descapitalizacions de les empreses que dirigía, mentre aquestes empreses estàvem fallides i els treballadors no cobraven les seves nòmines, ell s'havia atorgat un bon sou, que, evidentment, si que percibia.

Doncs, aquesta lluminària empresarial donava consells de com s'havien de fer les coses per sortir de la crísi i formava part de es "comisions negociadores" que s'han esmentat abans.

Podeu imaginar-vos l'autoritat moral que tenia per poder representar els interessos dels empresaris i del respecte que sentíen per a ell, sindicats i treballadors.

Va tenir tant d'éxit en les negociacions que, finalment, es convocà a tot el país una vaga general.

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EL MISTERI DE LA BOTIFARRA DESAPAREGUDA


Aquell dia, la mare havía estat tot el matí amunt i avall: va estar al CAP (Centre d'Assistència Primària) del poble a recollir unes receptes mèdiques, a l'Ajuntament a presentar una instància, al Jutjat a recollir una citació, a la Farmàcia a comprar medicaments, a la Biblioteca a tornar uns llibres que ens havien prestat.

Al forn, va comprar pa, al supermercat, diversos productes de neteja, i, finalment, quan va adonar-se'n que era quasi l'hora de dinar i no tindria temps de preparar res, va passar per la xarcuteria i va comprar un metre de botifarra per fer amb unes mongetes.

A casa, a l'estiu quan som de vacances dinem a les dues.

El pare vindria de la feina a aquella hora i voldria dinar i nosaltres, després d'estar jugant tot el matí, estàvem afamats.

La mare va arribar a casa a tres quarts de dues i anava atrafegada col.locant cada cosa al seu lloc.

Ens va demanar que l'ajudéssim però nosaltres vàrem fer com si no sentissim res, la qual coa, com tothom sap, es la manera més segura de lliurar-se de la feina.
Feia molta calor i la mare estava un xic atabalada.

Quan ho va tenir tot a seu lloc, va obrir la nevera, va treure enciam, tomàquets, seba, i olives i va preparar una bona amanida.

Va parar taula i va deixar l'amanida sobre la taula.

Va treure del rebost dos pots de vidre amb mongetes cuites i després de rentar-les amb aigüa les va passar per la paella amb una mica d'all i julivert.

Aleshores, va voler fregir la botifarra.

En aquell mateix moment, el pare entrava a casa i va anar a donar un petó a la seva dóna.

La va trovar, desesperada, asseguda a un cadira de la cuina, amb el cap baix i amb les mans al front.

¿Qué téns Margarida? “- preguntà preocupat.

!Ai, Ramón, no trovo la botifarra!”

En Ramón no va poder aguantar-se una rialla perquè es pensava que havia passat alguna cosa greu.

!Dóna, tampoc hi ha per tant!”

La mare, emprenyada, en veure que el seu home es reia, li digué:

!Riu, riu, però t'has quedat sense dinar!”

En sentir-los, la meva germana i jo, vàrem sortir de la meva habitació, en la qual estàvem xatejant amb l'ordinador.

No ens posem nerviosos” – va dir el pare- “potser l'has deixada al cotxe” – i em va dir - “Laia, vés al cotxe de la mare, i mira si s'ha deixat allí un paquet amb botifarra”.

Vaig fer cas de que deia el pare, però al cotxe no hi havia res.

Bé”, - va continuar el pare – “potser l'has deixada a la nevera o al congelador”.

Ramón, que no sóc tant tanoca” – va dir la mare enfurismada – “la necessitava per ara, no la he posada al congelador ni a la nevera.”

Sense fer cas, el pare va obrir la nevera i el congelador i no va trovar la botifarra.

No, no es ací. - Bé, repassem tot el què has fet des de que has arrivat a casa”.

La mare va anar recordant tot el què havia fet: deixar cada cosa al seu lloc. Vàrem seguir tots els pasos que havia fet.

La botifarra no sortia.

En Ramón, començava a emprenyar-se: estava veient que es quedava sense dinar.


Com a casa tenim tres gatets, jo vaig dir: “Potser algun dels gatets l'ha agafada”.

Si es així, ja podem donar-la per desapareguda. Cerceu per tota a casa, a veure si hi surt el paper on estava embolicada”.

La meva germana i jo, sentint-nos com uns grans detectius varem mirar tots els racons de la casa sense trovar ni la botifarra ni el paper.

Finalment, ens vàrem posar a dinar, les mongetes cuites, l'amanida i un plat de pernil amb pa amb tomàquet que preparà la mare.

Després, vàrem menjar un meló.

La mare va preparar café i es va sentar amb el seu home al sofá. Va sonar el mòbil i la dóna prengué la seva bossa per agafar l'aparell i contestar.

I, en aquell moment, el misteri es resolgué: dins de la bossa hi havia un paquet embolicat amb paper amb la botifarra desapareguda.

NOTA: TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

EL "FIAMBRE"


Febrer era ja a les acaballes. El dia era fosc i feia molt aire. El cel era gris i la pluja no tardaria gaire en caure.

La Marta s'estava recorrent tot el cementiri. Cercava el nítxol dels seus avis materns, que d'acord amb el què li habia contat la mare feia anys, havien estat enterrats al cementiri de Martorelles.

Estava completant el seu arbre genealògic i li calia averiguar els llocs de naixement i d'enterrament de diversos familiars per tal de demanar els certificats de naixement i defunció corresponents.

La Marta vívia a Badalona. Aquell diumenge havia acompanyat al Lluís, un dels seus nets, a Martorelles, al camp municipal de futbol, atès que el seu equip s'enfrontava a un dels equips juvenils del poble.

L'havia deixat al camp i ella aprofitava per a fer la recerca de l'enterrament dels avis.

La primera sorpresa havia estat. que quan va preguntar a una dona ja gran pel cementiri del poble, li va respondre amb un tó una mica sornaguer, que per no tenir, Martorelles, no tenia cementiri propi. Que havía d'anar a Santa Maria, un poble una mica més amunt, ja que era un cementiri mancomunat.

Va anar a Santa Maria i va cercar el cementiri.

Estava al començament del poble, en mig del camp.

Va deixar el cotxe aparcat davant del cementiri.

Només hi havia un persona. Un home de mitja edat que semblava ésser l'encarregat del recinte.

Li va preguntar en quina part del cementiri estàven els enterraments antics, ja que els avis havien estat enterrats entre els anys 1940 i 1950.

L'home li ho va explicar i després va continuar, per a la seva sorpresa:

"Vaya Vd. con "cuidao", señora, que en aquel pasillo, hay un "fiambre"".

Sorpresa, la Marta, pensà que l'home havia volgut riure's d'ella i no va fer gaire cabdal de les seves paraules.

Anava observant els noms que figuràven als nítxols per tal de trobar els dels avis.

L'aire s'havia tornat més fresc i els núvols corrien pel cel.

Tot i que la Marta no era poruga, no era gens agradable, la tasca que estava realitzant.

De sobte, en girar per un dels passadissos, va veure a terra, una bossa de plàstic blanc, les mides de la qual, feien pensar, verdaderament, que podia contenir un cadàver.

La dona, sorpresa, va restar uns moments immòbil. Després, va passar per sobre de la bossa i va continuar la seva recerca fins que va aconseguir el què necessitava.

Havia començat a tronar. La tempesta s'acostava i va decidir que ja en tenia prou.

Va marxar cap a la sortida i es va trobar a l'empleat del cementiri.

Li va dir que, efectivament, havia vist la bossa amb el cadàver i que l'havia estranyat que enterressin als morts en una bossa, que al seu poble, els enterràven dins d'un taüd.

L'homme, mosquejat davant el comentari de la Marta, li respongué tot emprenyat, que qué es pensava, que allí també els enterràven en taüds, i que a aquell "fiambre", només l'anàven a traslladar de lloc.
Sense comprende, exactament, l'explicació, la Marta va pensar que potser era millor deixar-ho còrrer i anarse'n d'allí, no fora cas, que es trobés amb alguna altra sorpresa.

NOTA: TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

lunes, 25 de abril de 2011

EL ESTORNUDO DE MUERTO

Esta historia singular ocurrió en Barcelona en 1967.

Corría el mes de marzo, concretamente era el dia 18, el día antes de la festividad de San José.

Mi tío Nicanor vivía en una casa de dos plantas, situada en el barrio de San Andrés. Era una casa bastante grande con un terreno alrededor, en el que mi tío había plasmado su imaginación de urbanita recién llegado de su pueblo, allá en Aragón. Había plantado tomates, patatas, cebollas, pepinos, berenjenas, pimientos, calabacines, judías, guisantes, apios, coliflores, berzas, coles, ajos, nabos, escarolas, melones, sandías y diversos árboles frutales.

El huerto, porque se trataba de un huerto, tenía una gran extensión para estar en una ciudad. Era casi tan grande como una manzana de casas.

El tío Nicanor pasaba allí todo el tiempo que le permitía su trabajo, cuando aún trabajaba y luego cuando se jubiló, todo el día estaba en el huerto.

Recuerdo a mi tío (era tío-abuelo mío) vestido como un gañán, con un gran sombrero que le protegía del sol y casi siempre con una azada en las manos.

Cuando yo iba a visitarlo que solía ser una vez cada 15 días, en domingo, siempre me cogía de la mano y íbamos a ver cómo estaba el huerto. Casi siempre nos acompañaba su perro “Tigre”, muy fiero para casi todo el mundo, menos para tío Nicanor y por un capricho del destino, tampoco para mí, ya que el perro me adoraba.


He de decir que de aquellos días, han quedado para siempre en mi mente los olores de las diferentes frutas y hortalizas que él plantaba y cuidaba. Si era el tiempo, solía darme un tomate, lo lavaba y me lo entregaba para que me lo comiese sin siquiera aliñarlo. Era como un ritual y yo me lo comía encantada.

Con los años, he sentido en muchas ocasiones, añoranza del intenso sabor de aquellos tomates y muchas veces, cuando he ido al campo y paso cerca de algún huerto, el olor de los vegetales allí plantados me hace volver a aquellos momentos pasados junto al tío Nicanor.

Tío Nicanor, estaba casado con mi tía Alfonsina y tenía varios hijos: Ramona, Jaime, Montse y Maria Nieves.

La tía Alfonsina criaba gallinas, pollos, patos, pavos y casi siempre había polluelos, con lo cual las visitas a estos familiares, para mi que había nacido y crecido en la ciudad, eran harto fascinantes.

Volviendo a la historia, ése día del mes de marzo, tío Nicanor tomó tranquilamente su comida del mediodía, junto con su mujer y sus hijos, se tomó su café y su copa de aguardiente y se fue al huerto.

Al cabo de un rato, “Tigre” fue hacía donde estaba la tía Alfonsina. Ladraba sin cesar y con los dientes le estiraba de la falda. La tía, extrañada, le siguió hasta el huerto y allí encontró a su marido, sin sentido, caído en el suelo, con la azada a un lado y el sombrero también en el suelo.

La mujer llamó a gritos a sus hijos y éstos acudieron. Se encontraron con su padre inerte y con la madre, a su lado, llorando desconsoladamente.

Jaime, el hijo mayor, tocó a su padre y vio que estaba muerto. Entre todos lo llevaron al interior de la casa y lo tendieron en su cama.

Llamaron inmediatamente al médico pero éste no pudo hacer nada, salvo certificar que el tío Nicanor, había fallecido de muerte natural, concretamente, de una embolia.

A continuación, los hijos del tío, comunicaron el luctuoso suceso al resto de la familia.

Cuando avisaron a mis padres, éstos nos dieron la noticia a mi y a mi hermano y nos dijeron que aquellla noche, ellos iban al velatorio del tío y que nosotros nos quedábamos a cargo de la abuela.

Mi hermano tenía solamente diez años y era aún muy pequeño, pero yo, había cumplido los trece y ya me creía muy mayor.

Dije a mis padres que yo también quería asistir al velatorio. No había participado nunca en un acto de este tipo y sentía una gran curiosidad, algo morbosa, por el tema.

Mis padres al principio dijeron que no, pero luego mi padre, ante mi insistencia y dado que al día siguiente no había escuela por ser San José, decidió que podía acompañarles y así satisfacer mi curiosidad. También creía mi padre, que el tema de la muerte, era natural y no había que ocultarlo ni disfrazarlo y que cuando antes me acostumbrase a aceptarlo como una cosa más, mejor que mejor.

Total, que después de cenar, y sobre las nueve y media de la noche, llegamos a la casa de los tíos.

Allí había bastantes personas, la mayoría sentadas alrededor de la mesa de comedor. Todos ellos vestían de negro, como era de rigor entonces.

En aquellos días, aún no se había puesto de moda, llevar a los difuntos a los tanatorios.

Los velatorios se hacían en casa. Yo no sé en el resto de las familias pero en la nuestra, había una tía-abuela, ya bastante mayor, la tía Felipa, menuda pero muy enérgica que se ocupaba de todos los detalles y de toda la familia, cuando ocurría un hecho luctuoso.

Quizás era porque la tía Felipa había enviudado joven y también se le habían ido muriendo todos sus hijos, estaba acostumbrada a los duelos. Normalmente, no asistía casi nunca a las bodas, bautizos y comuniones, pero, cuando fallecía alguien de la familia, se presentaba en casa del finado o finada, consolaba a los parientes, tomaba el timón de la casa, normalmente sin timonel por anonadamiento de los familiares directos y se ocupaba de todo.

Organizaba los responsos, recordatorios, esquelas, permisos y tasas, ataud, entierro, etc.

Preparaba grandes cantidades de café y comida para todos los asistentes al velatorio.

Pues bien, cuando llegamos estaban cenando. La mujer y los hijos del finado comieron algo, sin apetito, ya que todos insistían en que debían tomar algo. El resto, amigos y parientes no tan directos, comían a dos carrillos.

Papá y mamá abrazaron a la tía Alfonsina y a sus hijos. La tía arreció en sus llantos y la tía Felipa nos quiso mostrar “lo bien que había quedado el tío”.

Entramos en la habitación de los tíos. Habían quitado la cama de matrimonio y allí en medio del cuarto y sobre una tabla de madera, colocada encima de unos caballetes también de madera, todo ello cubierto por unas telas de terciopelo de color morado, habían colocado el ataud con el cadáver del tío Nicanor.

Cuatro candelabros de pie, en metal y cada uno de ellos con un enorme cirio, acababa de completar el fúnebre cuadro.

El tío, vestido con su mejor traje, rígido y con la piel ya cérea, cerrados los ojos y las manos entrelazadas encima del vientre, no parecía el mismo, ya que casi siempre lo había visto con su ropa del huerto.

Rezamos un padrenuestro por su alma y salimos todos del cuarto.

La tía Felipa salió detrás nuestro y dejó la puerta abierta.

En este momento, he de describir la disposición de las habitaciones de la planta baja de la casa de los tíos.

De la puerta que daba a la calle, nacía un ancho pasillo que iba hasta el comedor. A ambos lados del pasillo se encontraban distribuidas el resto de las habitaciones.

Entrando a la derecha, la habitación de los tíos, ahora, convertida en sala mortuoria. Luego el cuarto de baño y la salita. Del otro lado de pasillo, las tres habitaciones de los hijos: una para Jaime, otra para la chica mayor y otra, compartida por las dos más jóvenes. Al otro extremo del pasillo, el comedor y a la derecha, la cocina. Del comedor se salía al patio y de allí, al huerto

La mayoría de los asistentes estaba en el comedor y alguno en la salita.

Después de la cena, tomaron todos café y cortados.

Algunos de los presentes, decidieron que ya era hora de marchar a sus casas.

Llamaron a la puerta y una vez abierta, entraron mis abuelos, y sus hijos, Pilar, Teresa y Jaime.

La tía Alfonsina era la hermana menor de mi abuelo, por lo tanto, mis abuelos eran cuñados del finado.

Los hijos de mis abuelos, Pilar, de trece años, Teresa de dieciseis y Jaime de veintiuno, eran hermanos de mi madre, es decir, mis tíos carnales. Pero eramos más que tíos y sobrina, amigos y compañeros.

Al cabo de poco rato, Pilar, Teresa y Jaime se reunieron conmigo en la salita. Cerramos la puerta y empezamos a jugar a cartas.

Después de rezar varios rosarios, los mayores empezaron a hablar de sus cosas y fueron pasando las horas lentamente.

La tía Felipa de vez en cuando servía más café.

Sonaron en el reloj de pared las dos de la madrugada. Mi tío Jaime fue al cuarto de baño y a la vuelta nos dijo que los mayores estaban explicando chistes.

Dejamos las cartas y salimos de la salita para enterarnos de qué iban los chistes.

Para que no fuera tan evidente que estábamos escuchándolos nos quedamos de pie en el pasillo, cerca de la puerta de la habitación en la que estaba el cadáver.

Los chistes eran sobre entierros, cementerios, muertos, etc.

!Cual no seria nuestra sorpresa, cuando de pronto, oímos claramente un estornudo, que provenía de la habitación del tío!.

Aterrados, corrimos hasta el comedor y allí explicamos lo ocurrido.

No nos creyeron y se burlaron de nosotros. Sólo la tía Felipa, que salía de la cocina, les dijo a mi padre y a mi abuelo que la acompañasen.

Los tres, entraron en la cámara mortuoria y vieron que no había en ella nadie más que el cadáver.

Mis tíos y yo, en el pasillo, acoquinados, esperábamos intranquilos.

Al cabo de un momento nos llamaron desde dentro y muy despacio, entramos en a habitación.

Estaban alrededor del ataud y nos señalaron la boca del tío Nicanor. Nos acercamos y observamos un pequeño hilillo de sangre que salía de la comisura de su boca.

!No habían sido imaginaciones nuestras!

La tía Felipa nos explicó que en ocasiones, los cadáveres quedan con aire dentro del cuerpo y en un momento dado, lo expulsan.

El tío Nicanor, muerto en pleno proceso de la digestión, había expulsado el aire que tenía en su interior y a nosotros el sonido de dicha expulsión, nos había sonado como un estornudo.

He de decir, que a pesar de la lógica de dicha explicación, tanto a Pilar, a Teresa, a Jaime y a mi misma, este hecho nos acobardó y decidimos dejarnos de velatorios y irnos para nuestras casas, pasando antes por un bar abierto todavía en el que nos tomamos algo para que de nos pasase el susto.

Al día siguiente, festividad de San José, enterramos al tío Nicanor.

Han pasado casi cuarenta años. En este tiempo, por desgracia he asistido a múltiples entierros y velatorios, pero nunca he olvidado aquel primero, en el cual el difunto ”estornudó”.

                                FIN


NOTA: TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

EL ENTIERRO DEL TIO



Joan y María dormían profundamente.

Se habian acostado muy tarde, cuando eran ya más de las dos.

Habían pasado todo el dia en el Hospital. El tío Francesc, habia sufrido un infarto y estaba muy grave. Los médicos les habían dicho que su muerte era cuestión de horas.

Sonó el timbre del teléfono. Su sonido estridente rompió el silencio de la noche.

Joan se despertó y cogió el auricular.

"Díga"

Era del Hospital. El tío había fallecido. Debía ir para iniciar los trámites pertinentes para el entierro.

Dijo que sí, que iría al cabo de un par de horas.

Colgó el auricular.

Miró el despertador que había encima de la cómoda y vió que eran sólo las siete de la mañana.

María, su mujer, también se había despertado y le preguntó:

"El tio...?"

"Sí, Ha muerto. Debo ir al Hospital. ¿Sabes dónde tenía el tío los papeles de la funeraria y de su nicho?"

Francesc Sorribes, era el tio de Joan. No tenia más família directa que ellos.

De todas formas, era Maria quien cuidaba del tío. Joan tenia un trabajo que le exigía viajar mucho. Era representante de una empresa de motocicletas.

Maria respondió: "En el segundo cajón del escritorio de su despacho".

Joan se levantó y de vistió. María también se levantó de la cama y fue a la cocina a preparar el café.

Después de tomarse el café, el hombre se fue a casa de su tío. Llevaba las llaves que le había dado su mujer.

Una vez llegado al piso, abrió la puerta y entró.

Todo estaba como siempre. La única cosa diferente eran unos tubos de pastillas desparramados encima de la mesa del comedor. Cuando su tío se sintió mal, antes de llamar a la ambulancia, debió tomarse alguna pastilla.

Abrió el cajón del escritorio que le había dicho su esposa, y, efectivamente, allí había un sobre grande de papel de color marrón con un letrero escrito con rotulador negro, que decía:

"Cosas a hacer en el momento de mi muerte"

Joan abrió el sobre y encontró la póliza de la funeraría con el útimo recibo pagado, los documentos del nicho donde estaba enterrada Enriqueta, la mujer del tío, en el cementerio de Les Corts, de Barcelona, las llaves del mísmo, un catálogo de ataudes, especificando el modelo que su tío deseaba para él, un papel escrito con el texto que quería impreso en su recordatorio, el de la esquela para los períodicos, su testamento, las libretas de las cuentas de las cajas de pensiones a su nombre y al de Joan y una relación de les personas a las cuales debía avisar de su fallecimiento. El tío había previsto incluso el epitafio que deseaba en su tumba:

"Asi como me veís, vosotros también estareis"

El tío Francesc siempre había sido un tanto irónico e irreverente.

Joan se admiró de la meticulosidad de su tío: Había pensado en todo.

Cogió el sobre y marchó hacía el Hospital donde se entrevistó con los médicos que habían atendido a su tío, también con una señora que le ayudó a realizar todos los trámites necesarios para la contratación de la capilla mortuoria y para el entierro. Convinieron la hora de éste y luego pidió que le dejaran estar unos momentos a solas con el cadáver de su tío.

Lo acompañaron hasta el depósito de cadáveres

El cuerpo del tío estaba sobre un mármol blanco, en espera de su colocación dentro del ataud que había escogido él mismo.

Lo habían amortajado con un traje azul oscuro, camisa banca y corbata amarilla. Era la ropa que tenia en el armario de la habitación del Hospital y que debía haber llevado, el día antes, María, su mujer.

Parecía que dormía, su semblante completamente en paz, aunque su piel había adquirido ya un tono céreo.

Joan sentia mucho a muerte de su tío, aunque éste fuese ya muy mayor. Recordaba que cuando el era sólo un niño, había sido el tío Francesc quien le había llevado un domingo si, otro no, al campo de fútbol a ver los partidos del Barça. Pues, el tío, era un culé de los de verdad. Hasta había colaborado con el Club en diversas ocasiones y había conseguido contagiar de su afición a Joan.

También recordó con agradecimiento que era su tío quien lo había hecho socio del Barça cuando era muy joven y que durante toda su vida no dejó nunca de pagarle el carnet de socio.

Rezó unas oraciones por el alma del tío y, luego, se fue a su casa, ya que aún debía comunicar el deceso a todos los que el finado, deseaba se comunicase su defunción.

Cuando llegó a su casa fue avisando del fallecimiento de tío Francesc, a todos los que figuraban en la relación, indicando también que el entierro tendría lugar, a las once de día siguiente, en el cementerio de Les Corts. Que en el tanatorio del mismo cementerio, estaba la capilla mortuoria, y que, a partir de les doce de aquel mismo día, ya se podía visitar.

Su mujer hizo también algunas llamadas. Más tarde, juntos, marcharon al tanatorio.

No fue mucha gente. El tío tenía ya, noventa años en el momento de su muerte y la mayoría de sus amistades y familiares, hacía tiempo que habían fallecido.

Al día siguiente, y después del responso, tuvo lugar el entierro, allí mismo, en el cementerio.

Eran sólo ocho personas, además de los enterradores: Joan y Maria, los sobrinos, cuatro conocidos de tío y dos representantes del Club.

Era a mediados de marzo y el día era gris, ventoso y frío. Su mujer, que vestia chaqueta y una falda bastante amplia, tenía que sujetarse la falda porque el aire se la levantaba.

Cuando iban a proceder al enterramiento del tío, los enterradores, sacaron del interior del nicho, los restos de la tía Enriqueta, la mujer del difunto, que le había precedido hacía ya muchos años y los dejaron sobre un panteón que había al lado del grupo de nichos.

Imaginaos la escena: todos los asistentes, con el continente propio de la ocasión, alrededor del nicho en el cual se iban a depositar los restos mortales del tío Francesc.

De súbito, se levantó una fuerte ráfaga de aire y los restos mortales de la pobre tía Enriqueta, fueron a parar a los rostros de los asistentes que no pudieron evitar quedar estupefactos, boquiabiertos y medio desmayados.

En aquel momento, a Joan le pareció, aunque, claro está nunca pudo estar seguro de ello, oir una carcajada contenida procedente del ataud del tío Francesc.

FIN

NOTA: TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

domingo, 3 de octubre de 2010

L'ESTEL PRESONER

ES EL PRIMER CUENTO QUE ESCRIBÍ, HACE YA UNOS AÑOS.

PRIMER PREMIO DEL 12A EDICION DEL PREMIO JOAQUIN SERÓ
MARTORELLES - 1991






NOTA: TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

LA REVOLUCION DE LAS LETRAS

PRIMER PREMIO DEL PRIMER CONCURSO DE CUENTOS ILUSTRADOS                                                                 MARTORELLES - 1997




Este cuento lo escribí para mi sobrina, CRISTINA, la pequeña de la foto y a ella va dedicado.







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